El bate, «¡Eso, bate!», se le resbalaba de las manos
pringosas de mermelada, “Sí, mermelada, de fresa” Sin pedir perdón por el retraso
me preguntó si podía pasar al camarote. Miré de reojo el reguero de mermelada,
mezclada con pelo de la peluca rubia, que parecía salir del fondo del pasillo,
allá por el 3046; el cuerpo de ella yacía casi al final, mutilado,
“¿Mutilado?”, quizás magullado, “¡Perfecto, magullado!” No le dejé pasar. ”¿Bate, pasillo, mermelada, peluca rubia...?” Entonces
pensé, “¡No!”, que prefería cruasanes, “Sí, cruasanes”, rellenos de nata, mucha
nata. “Cruasanes, pistola, ascensor, bufanda roja...”
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