Es como sale mejor, tamizando primero
la harina sobre las claras montadas a temperatura ambiente. Así lo
hacía la abuela y así lo haremos nosotras. También hay que poner
ralladura de un limón del limonero donde está enterrado el abuelo.
Y, como no, una pizca de amor. Lástima que de eso ya no nos quede
tanto. Mira a la abuela, sin dientes, sin pelo, con la mirada de su
único ojo perdida en el horizonte. Quizás podríamos empezar con
sus dedos, el índice de la mano derecha, así dejará de hurgarse
tanto la nariz.
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