De un certero bocado, le arrebató el
pincel que sujetaba con sus finos dedos. La “vaca comepinceles”,
como a ella le gustaba llamar, se escondió tras unas rocas para
rumiar en paz. Los pájaros, que se habían escapado del lienzo,
posaban plácidamente sobre las manecillas del reloj de pared;
miraban absortos a la pequeña que volvía a sacar otro pincel de
detrás de su oreja. Pintó otra vez unas nubes azules y un sol
dorado que las mariposas habían borrado antes. La serpiente, que
estaba enroscada en la rama del árbol, le ofreció una manzana a la
niña. Pero Evita ya tenía la lección bien aprendida.
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