Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Mete la mano entre los barrotes de cartón y acaricia a la fiera. Ella aplaude fogosamente y el domador, contento, saluda a un público inexistente. Entonces pide un voluntario. El silencio vuelve a apoderarse de la pista. Solo está ella y acepta el reto. Él venda sus ojos y la invita a meterse en la jaula. Allí dentro un león devora, de un bocado, a la confiada chica. El domador se quita el bigote postizo de alambre; se pone una chistera; agita la varita mágica y todo desaparece, menos una nariz de payaso que no para de sonreír.
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