Deja unos puntos suspensivos colgados
de unos hilos del techo de su dormitorio. Unas moscas revolotean
entre ellos mientras una maraña de algodones empapados de sangre se
arremolinan bajo la cama. La suave brisa que se escapa por la ventana
despierta a unos gorriones que espantados huyen hacia el prado. Aún
no ha amanecido y el teléfono no para de sonar. Acaricia su cuerpo
desnudo infectado de ojos abiertos que no dudan en parpadear al
contacto de sus huesudas manos. El búho que lo mira indiferente,
desde los dedos de sus pies, salta sobre su húmeda boca y le deja
suavemente una nueva jeringuilla.
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