-Deja unos puntos suspensivos al final
-insiste la hoja.
-Creo que debo dejar la historia más
cerrada, introduciré un nuevo personaje -contesta la pluma.
-¿Más personajes? -espeta la tinta.
-¡Estoy agotada!
-¡Sí, más! -gritan los folios en
blanco que descansan bajo el flexo.
-¡Basta! -grita el escritor que estaba
observando todo ese alboroto. -Aquí el que decide soy yo, el que
piensa soy yo, el que escribe soy yo...
Ante toda esta tiranía, la tinta se
secó, la pluma se torció, los folios escritos se arrugaron y
arrojaron a la papelera. Quedó una solitaria hoja en blanco que solo
se atrevió a sonreír.
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