- Hoy me daré un capricho en el desayuno: tres cucharaditas de azúcar para mí; tres gotas de arsénico para él.
- Aquel café tan amargo se desayunó mi vida.
- Me encantan los desayunos del hospital. Nunca he desayunado en otro sitio desde que nací. Hoy se que será el último de mi vida.
- ¡Soldado patoso!, tráigame de inmediato el desayuno y amenice el campamento con un poco de napalm; no aguanto más estos mosquitos.
- Daba vueltas al café y a lo que había hecho por la noche y a lo que haría durante el día y a mi vida y al país y al mundo y al universo…
- ¡Cariño! El desayuno de esta mañana en casa de tus padres me ha revivido. ¿Qué hacemos ahora con el ataúd?
- La esquela del periódico de aquella mañana no sólo me enfrió el desayuno; mi nombre aparecía escrito sin tilde.
- Los desayunos en el cielo no estaban permitidos; en el infierno a 2,80 más iva.
- En aquél rincón del cementerio los no vivos desayunan los lamentos de los no muertos. En los días de entierro incluso los toman sin cafeína.
Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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16 de octubre de 2012
El desayuno
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