Había escrito cien veces: te quiero. Con tiza amarilla, su preferida. La clase entera permanecía ajena a lo que pasaba por mi cabeza. Ella estaba sentada delante de mí. Le tiré una bola de papel. Se dio la vuelta. Le lancé un beso. Se puso colorada. Tanto que los bomberos creerían que había fuego en el colegio. Tanto que el color rojo del arcoíris empezaba a palidecer. Tanto que las rosas del patio habían perdido su perfumen. Tanto que la piruleta que estaba chupando se había vuelto traslúcida. Entonces llegó el profesor y borró la pizarra.
Intenso ese colorado, Henry, lástima del maestro gris. Muy bien rematado.
ResponderEliminarAbrazos.
Los maestros siempre fastidiando a los adolescentes :D
EliminarSaludos
Incluso los momentos más placenteros tienen su fin. Me gusta tu relato.
ResponderEliminarGracias Anónimo.
EliminarOstras, ¡qué chulísimo!
ResponderEliminarMe recuerda a mí misma en el siglo XX... ¡Cómo se me ponía la cara cuando me gustaba algún chico delcole!
Pues es entrañable, a mí me ha ganado.
Abrazotes y lo seguimos intentando.
Muchas gracias.
EliminarYo tuve la mala suerte de estar en colegio de solo chicos, y cuando empezaron a meter chicas, estas eran pocas y toda la clase se metía con ellas :(.
Besos
Buenísimo, de los que me gusta leer y gustaría escribir. Gracias por divertirme con tus letras.
ResponderEliminarDe nada Lorenzo. Gracias a ti por tus comentarios.
EliminarUn saludo