Seguía atrapado allí dentro, lo noté nada más despertar. Todo estaba oscuro y silencioso, tan solo la luz del monitor iluminaba la habitación y su pitido, que marcaba mis constantes vitales, rompía el silencio. Noté que no tenía corazón y que una bomba llenaba mis pulmones con aire rancio. El reloj de la pared parecía no avanzar al ritmo con el que lo solía hacer antes de que intentara suicidarme, marcaba siempre una media sonrisa. Ahora la prisión había aumentado y mucho me temía que no sería la última. La enfermera sin brazos que estaba sentada en la penumbra no paraba de recordármelo.
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