Nadie pudo recordar el orden correcto de las cosas. Unos dormían temprano. Otros cepillaban sus dientes antes de comer. Incluso uno iba al baño sin bajarse los pantalones.
Las figuras aparecieron sobre la mesa. Una luz verde iluminó todo. Había que ordenarlas. Primero el dodecaedro, después el círculo, el cuadrado… Cuando alguien conseguía poner bien una ficha, unos silbidos sonaban como recompensa.
Una noche alguien intercambió el triángulo por el octaedro. Y sonó la Macarena. Bailaron y chocaron las manos. Cuando fueron confiados al cristal en busca de su premio, los simios les negaron la comida. Unos se acostaron. Otros copularon. Uno orinó sin levantar la tapa.

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