Por fin quietas quedaron las copas en la alacena cuando retiré mi mano temblorosa de la botella de coñac. Estos dos meses de total abstinencia me están matando. Un sudor frio se apoderó de mí. Retrocedí dos pasos y respiré profundamente, como me enseñaron en la terapia. Tal vez olerlo me quitaría esta ansiedad, o mojarme los labios, o sólo un sorbo... ¡Sí!, sólo un sorbo. Agarré la botella con todas mis fuerzas y las copas temblaron de nuevo; esta vez cayeron al suelo. Todo se vino abajo. Me encuentro sumido en la oscuridad absoluta, bajo escombros, atrapado... con la botella.
