Se dirige a la jaula de los leones para demostrarle cuánto se equivoca. Mete la mano entre los barrotes de cartón y acaricia a la fiera. Ella aplaude fogosamente y el domador, contento, saluda a un público inexistente. Entonces pide un voluntario. El silencio vuelve a apoderarse de la pista. Solo está ella y acepta el reto. Él venda sus ojos y la invita a meterse en la jaula. Allí dentro un león devora, de un bocado, a la confiada chica. El domador se quita el bigote postizo de alambre; se pone una chistera; agita la varita mágica y todo desaparece, menos una nariz de payaso que no para de sonreír.
Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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17 de febrero de 2015
20 de febrero de 2012
El sereno.
La calle se hace cuesta arriba. Las luces de las farolas titilan en la fría madrugada, como queriendo ir a dormir y apagar los sueños del mundo. Una de ellas se apaga justo cuando me paro a contemplar una vieja puerta de madera. Me acerco a ver la oxidada cerradura. Había pasado por allí miles de veces y nunca me había fijado en ella. Son dos majestuosos leones que parecen custodiar la morada que presiden. No sé por qué saco el manojo de llaves para intentar abrirla. Pruebo con una, con otra y otra llave, pero parece que las garras de los leones impiden que termine mi objetivo. Tras una frenética lucha con las indomables fieras, escucho ruidos en el interior de la casa, tal vez había despertado a su morador con el tintineo de las llaves. Acerco, con sumo cuidado, mi cabeza a la cerradura para mirar a través de ella. Apenas puedo distinguir unas sombras y algo parecido a un escobón que se acerca; ¿será una bruja quien habite allí? No me da tiempo a contestarme a mí mismo, cuando la puerta se abre de repente y aquel ogro con pelo encrespado me gruñe: ¿Qué horas son estas? ¿Ya estás otra vez borracho? Caigo al suelo dándome con la farola. Entonces me armo de valor y contesto a la bruja, ogro, mi mujer o lo que fuera: ¡Yo… yo… yo estoy sereno!
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