Este fue mi micro tuneado, o mejor dicho, despojo tuneado, porque consta de la frase de inicio desde que nació mi niña. Las frases de inicio están en negrita. Algunas las he tenido que modificar para que cuadre un poco el texto. Como veréis, no tiene mucho sentido.
En el sorteo se llevó mi microtuneado Laura Garrido. Un placer que fuera ella el que lo tiene en su poder.
Aquí os dejo el texto:
Solo ceniza.
La
lluvia de fuego lentamente devoró la ciudad. Nos lamentamos, hipócritas, de no
haberlo visto venir. La impía lluvia borró la rayuela
también. Entonces regresé al cielo y
deseé que tuviera buen turno al hombre que me abrió la puerta. Crucé el pasillo, bajé al sótano y maté al
prisionero. “La vergüenza que nos ganamos aquella noche, en cambio, nos
acompañaría para siempre” me dijo mientras su vida se apagaba entre mis
manos. “Tiene nuestros mismos ojos”
terminó diciendo. Escuché ruido arriba, tanto
visitante inesperado podría descubrirme. Llevé su cadáver al trastero, junto al proyector de cine, el barco pirata
y la nave espacial. Me teletrasporté a casa y vi que había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola.
Grité a mi mujer, que estaba en la cocina, que porqué había descuidado los
riegos en mi ausencia. Ella suspiró
profundamente y retiró dos cubiertos, como hacía siempre que le
gritaba, pero esta vez, ella lloró.
Yo le supliqué perdón porque no quería que
tontamente acabase pangándome un tiro; a ella le gustaba siempre amenazarme
con la escopeta. Entonces me acordé de la primera vez que la conocí; le dije que tenía naricilla respingona y un
cuerpazo de escándalo. Ella quiso ser
la mujer que iba en coche a mi lado para siempre. Le pedí que hiciéramos el
amor en ese instante. Ella me dijo que quizás
mañana, su conciencia no podría
soportarlo. Se durmió soñando que
ella también podía volar. Papá, ¿tú no tienes frío? Me dijo entre sueños.
Yo sonreí y pensé que esta era una cosa de
la que no se debía contar a nadie, como cuando mi padre cerraba la tapa del
contenedor para meter todos los cadáveres calcinados. Si, papá, ¿y esa?. De esa es de la que tú no quieres hablar. Mi
mujer aprovechó mi descuido y disparó a bocajarro, y todo volvió a empezar. Érase una vez… a grandes zancadas sobre las
olas.
