6 de octubre de 2011

2115

Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Todos, indignados, se han marchado cabizbajos de la plaza; no han sido capaces de soportar los casi cincuenta grados bajo cero. Sólo queda en el centro una señora anciana. Se puede ver en sus ojos vidriosos todas las ilusiones puestas en ese fruto congelado que permanece todavía entre sus dedos. Paciente; sigue con la boca abierta, esperando ensimismada la primera campanada.

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