Era muy bajita para jugar a baloncesto, aunque sus “amigas” no la dejaban porque era una pija presumida.
Una tarde lo volvió a intentar. Tras la negativa, estampó contra la canasta una botella de ginebra que llevaba en su cestita. Corrió a refugiarse en una fábrica de chocolate abandonada. Estuvo escondida tres días; llorando y comiendo galletas. Tanto lloró que encogió al mundo. Salió convencida que ahora la dejarían jugar. Al regresar no cabía en la cancha y, exasperada, se arrojó a un agujero bajo un árbol.
La encontraron agonizando en las escaleras del metro, chasqueando los talones, repitiendo sin cesar: “no hay lugar como el hogar”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario