20 de febrero de 2012

El sereno.

La calle se hace cuesta arriba. Las luces de las farolas titilan en la fría madrugada, como queriendo ir a dormir y apagar los sueños del mundo. Una de ellas se apaga justo cuando me paro a contemplar una vieja puerta de madera. Me acerco a ver la oxidada cerradura. Había pasado por allí miles de veces y nunca me había fijado en ella. Son dos majestuosos leones que parecen custodiar la morada que presiden. No sé por qué saco el manojo de llaves para intentar abrirla. Pruebo con una, con otra y otra llave, pero parece que las garras de los leones impiden que termine mi objetivo. Tras una frenética lucha con las indomables fieras, escucho ruidos en el interior de la casa, tal vez había despertado a su morador con el tintineo de las llaves. Acerco, con sumo cuidado, mi cabeza a la cerradura para mirar a través de ella. Apenas puedo distinguir unas sombras y algo parecido a un escobón que se acerca; ¿será una bruja quien habite allí? No me da tiempo a contestarme a mí mismo, cuando la puerta se abre de repente y aquel ogro con pelo encrespado me gruñe: ¿Qué horas son estas? ¿Ya estás otra vez borracho? Caigo al suelo dándome con la farola. Entonces me armo de valor y contesto a la bruja, ogro, mi mujer o lo que fuera: ¡Yo… yo… yo estoy sereno!

2 comentarios:

  1. Jajaja, una historia común. Eso sí, a mí me pasa un montón que cuando salgo de noche y paso alguna farola se apaga, siempre, me parece muy curioso.

    Besos!
    Quejica

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    1. Lo que se apaguen las farolas cuando uno pasa por ellas tiene o tenía algún significado que ahora no me acuerdo o quiero acordar :D. Yo tengo un amigo que le pasa lo que a ti. Una vez en una fiesta en un pueblo comentábamos unos amigos cuando vimos que se apagaban farolas: ¡Mira, por allí debe de andar Dani! A los pocos segundo lo vimos aparecer entre la gente... ¡Sorprendente!

      Besos.

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