9 de septiembre de 2011

El maleficio del payaso.




El payaso enamorado de la bailarina domadora de leones se ahogaba en sus palabras cuando intentaba declararle su amor. No podía articular palabra alguna cuando se encontraba frente a ella, y si sus labios balbuceaban algo, la flor de su solapa se encargaba de escupirle chorros de agua a la boca. Viendo que no podía expresarle su amor con su voz, decidió escribirle cartas de amor. Pero nunca encontraba el momento de entregárselas y cuando se acercaba a ella el suelo temblaba bajo sus pies. Acumuló miles de cartas.
Cansado el payaso de no poder dárselas en mano las esparció sobre la arena de la pista de los leones para cuando ella saliera a ensayar pudiera leerlas. Cuando por fin cogió una carta del suelo, el payaso salió a la pista poniéndose bajo un potente foco de luz. El calor del foco hizo que empezase a sudar a borbotones. La flor de su solapa, intentando sofocarlo, le lanzaba chorros de agua. El suelo empezó a temblar, y la arena con todas esas cartas junto con el sudor y el agua formaron un engrudo que poco a poco fue tragando al payaso en palabras movedizas.  La bailarina contenta por aquellas palabras que le había dedicado su amigo el payaso, y sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, comenzó a bailar girando sobre sí misma provocando un gran tornado, el cual absorbió todo el aire, agonizando aun más el último aliento del payaso.

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