Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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5 de noviembre de 2014
Cuando todo duerme.(REC 2/3)
El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Después el coche de bomberos silenció la sirena; el castillo de princesas subió el puente, cerró sus ventanas y apagó las luces; la bailarina paró de girar cuando se terminó la música. Entonces salí de la roída caja de cartón y, sigilosamente, empecé a tirar de la sábana. Y recé. Recé para ver si esa noche podía arrastrar hacia mi boca algo más que simples sueños.
19 de febrero de 2014
Miedo (REC)
Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. De vez en cuando abre un ojo, pestañea dos veces, clack clack, y nos observa minuciosamente. Comprueba que nada se ha movido, que todo sigue igual. Después pestañea otra vez, clack, y se queda dormido. Se cree superior a todo; el estar en lo más alto no le da ningún derecho. Hoy me he atrevido a volver a mirar de reojo a la bailarina. Creo que todavía le queda algo de cuerda, pero no se atreve a mirarme, tiene miedo, como todos.
9 de septiembre de 2011
El maleficio del payaso.
El payaso enamorado de la bailarina domadora de leones se ahogaba en sus palabras cuando intentaba declararle su amor. No podía articular palabra alguna cuando se encontraba frente a ella, y si sus labios balbuceaban algo, la flor de su solapa se encargaba de escupirle chorros de agua a la boca. Viendo que no podía expresarle su amor con su voz, decidió escribirle cartas de amor. Pero nunca encontraba el momento de entregárselas y cuando se acercaba a ella el suelo temblaba bajo sus pies. Acumuló miles de cartas.
Cansado el payaso de no poder dárselas en mano las esparció sobre la arena de la pista de los leones para cuando ella saliera a ensayar pudiera leerlas. Cuando por fin cogió una carta del suelo, el payaso salió a la pista poniéndose bajo un potente foco de luz. El calor del foco hizo que empezase a sudar a borbotones. La flor de su solapa, intentando sofocarlo, le lanzaba chorros de agua. El suelo empezó a temblar, y la arena con todas esas cartas junto con el sudor y el agua formaron un engrudo que poco a poco fue tragando al payaso en palabras movedizas. La bailarina contenta por aquellas palabras que le había dedicado su amigo el payaso, y sin percatarse de lo que estaba ocurriendo, comenzó a bailar girando sobre sí misma provocando un gran tornado, el cual absorbió todo el aire, agonizando aun más el último aliento del payaso.
El hombre que olvidaba ser payaso.
La actuación de hoy había sido todo un éxito. No había dejado en ningún momento de pensar en ella. Cuando tuve que reír... pensé en su sonrisa; cuando tuve que llorar...pensé en los momentos sin ella; cuando tuve que hacer el patoso... pensé en cómo iba a entregarle hoy, hecho un manojo de nerviosos, mi carta de amor.
Entré en el camerino y cerré la puerta con llave; no quería que nadie me molestara. Cogí la cajita de música y la abrí dándole cuerda. Apareció sonriendo ella de su interior; toda vestida de blanco, con su tutú y sus zapatillas de ballet; la acompañaban dulces melodías que parecían canticos de sirenas. Le dije que había escrito una carta para ella, y que se la leería cuando me pusiera guapo. Me senté delante del espejo quitándome la peluca y la nariz roja; cogí unos algodones del interior de la caja de música y limpié despacio el maquillaje de mi cara. Los algodones olían a ella. Poco a poco fue apareciendo en el espejo un rostro nuevo.
Cuando terminé de mudarme de ropa fui hacia la puerta, pero estaba cerrada. Di media vuelta y metí la mano en el gran bolsillo del pantalón del payaso. En el fondo encontré un sobre que tenía dentro una llave atada, con un lazo blanco, a una carta. Mientras la desataba, la caja de música cesó de sonar. Miré por encima la carta y la arrojé a la papelera, prendiéndole fuego.
Entré en el camerino y cerré la puerta con llave; no quería que nadie me molestara. Cogí la cajita de música y la abrí dándole cuerda. Apareció sonriendo ella de su interior; toda vestida de blanco, con su tutú y sus zapatillas de ballet; la acompañaban dulces melodías que parecían canticos de sirenas. Le dije que había escrito una carta para ella, y que se la leería cuando me pusiera guapo. Me senté delante del espejo quitándome la peluca y la nariz roja; cogí unos algodones del interior de la caja de música y limpié despacio el maquillaje de mi cara. Los algodones olían a ella. Poco a poco fue apareciendo en el espejo un rostro nuevo.
Cuando terminé de mudarme de ropa fui hacia la puerta, pero estaba cerrada. Di media vuelta y metí la mano en el gran bolsillo del pantalón del payaso. En el fondo encontré un sobre que tenía dentro una llave atada, con un lazo blanco, a una carta. Mientras la desataba, la caja de música cesó de sonar. Miré por encima la carta y la arrojé a la papelera, prendiéndole fuego.
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