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23 de septiembre de 2014

Lágrimas embotelladas (REC 3/4)

-Deberías airearte un poco, te veo cansado –dijo ella que no paraba de deambular por la cubierta exterior mientras él cosía las últimas velas al mástil.
-¿De qué color quieres el timón? –le preguntó haciendo caso omiso a la diminuta chica.
-¿Cuándo me liberarás? –reprochó ella. –Rojo, lo quiero rojo.
-Lo suponía –contestó al tiempo que metía el barco en la botella. –Te liberaré cuando termine de construirlo. Lo pondré en el mar y navegarás libre. Ahora descansa –terminó diciendo mientras dejaba la botella con el barco en la estantería, junto a otras miles, de las cuales, algunas, habían dejado de estar empañadas.

17 de agosto de 2014

La chica del crucero (RBS 3/3)


Cuanto más despacio seguía a esa chica, más podía aproximarme a ella. Pero cuando acercaba mis labios a los suyos, ella volvía a aparecer en medio del pasillo. Por eso decidí seguirla sin mucha prisa, al ritmo del hilo musical que inundaba todo el barco. Ella entraba a todos los camarotes, y cuando yo miraba dentro ella seguía en mitad del pasillo. Al cambiar de cubierta, la canción que se repetía infinitamente subió de volumen. Y cuando entré en el último camarote, donde ella me esperaba desnuda, y apagué el tocadiscos, el barco se hundió.

7 de mayo de 2012

Supervivencia(Finalista TripleC)

Nunca se atreverá a embestir el barco, pensaba el joven grumete mientras volvía a ponerse su gorrito de papel y señalaba, amenazante, con su espada de madera, al barco pirata. Pero se equivocó. Decenas de cañonazos fueron disparados a la vez, y tres bolas de papel maché  impactaron en la proa del barco que empezó a hundirse poco a poco. El pequeño grumete tuvo que usar un bote salvavidas de papel charol para evitar hundirse en aquel mar de celofán. Sin ser visto, remó hacia unos acantilados y buscó, entre los afilados lapiceros, alguna playa para poner su vida a salvo. Lo tuvo difícil, a punto estuvo de encallar sobre unas gomas de borrar cuando luchaba contra soplidos huracanados, tormentas de confetis y olas gigantes de periódico. Al final consiguió llegar a una pequeña e insólita playa de purpurina. Se tumbó a la sombra de unos bolígrafos, y desde allí, ya a salvo, vio pasar una bandada de pajaritas de colores. Pensó que estarían migrando hacia algún desconocido continente y que tal vez allí podrían alimentar a sus pequeños… El reflejo de un sacapuntas naufragado le hizo volver a la realidad, estaba empezando a tener hambre, y mamá no regresaba a casa hasta las seis y media.

12 de diciembre de 2011

El olor del silencio.

Nada más entrar en casa noté un cierto olor fuera de lo habitual. Cambié mis embarradas botas por las cómodas zapatillas; mi mojada chaqueta por el batín de seda.  Mientras me ceñía a la cintura el kimono, avancé por el largo pasillo de parquet, observando cada trocito de madera, su color, su espectacular brillo que siempre Sara había sabido sacar, su leve crepitar al pasar por algunos tramos...  Entré en el salón y otra vez percibí ese extraño olor. Todo estaba en silencio; un incomodo silencio que sólo rompió la bocina de un barco al zarpar. Miré mi reloj de bolsillo: las 17 horas y 11 minutos. El navío con destino a las Américas salía con varios minutos de retraso. Me senté en el sofá frente al ventanal. Agarré la pipa situada sobre la tabaquera de marfil; metí la mano en su interior, rozando mi abultado anillo de oro con la tapa, y saqué el saquito con el tabaco (mi mujer sólo permitía que fumase en pipa siempre y cuando la limpiara de cenizas en el balconcillo). Al encenderla, vino de nuevo ese olor, esta vez más intenso;  eché de menos a Sara trayéndome una taza de café y una copa de coñac. Resultaba extraño no haberla escuchado desde que había llegado a casa. Di dos largas caladas para avivar el tabaco y miré hacia la alacena de roble macizo. Todas las copas, tazas y demás enseres colocados en un riguroso orden, con una enfermiza separación, todas a la misma distancia; todo sin una mota de polvo, sin ninguna mancha, sin ninguna huella. Cogí los guantes blancos situados junto a la tabaquera y me los puse para abrir el mini bar que tenía forma de bola del mundo. Saqué la botella de coñac y serví una generosa copa. Cerré el mini bar. Otra vez el silencio. Caminé hacia el ventanal; desplacé las ostentosas cortinas con dos dedos. Volvía a llover. Distinguí en el horizonte gris la estala dejada por el gran barco de vapor… y otra vez el pitido… el silencio… el olor… el olor… ese olor tan extraño que estaba empezando a descifrar. Era el olor del hogar sin Sara. No había olor, sino la ausencia de él. Entonces me vino a la mente una huella que había visto sobre el globo terráqueo. Me acerqué con el corazón en un puño. Era una huella de ella, sin duda, pequeñita y bien definida sobre La Patagonia. Recordé que ella siempre decía que algún día lo dejaría todo por ir a Santiago de Chile. Esa era la condición con la que tendría que vivir si quería estar con ella; ese era su sueño y nadie se lo iba a arrebatar. Volví  al ventanal, alcé la copa, y brindé por ella: Allí donde quieras que vayas… siempre te querré.