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16 de abril de 2024

Malas compañías (REC)

 

Me preguntaba en qué momento se había complicado tanto ser poeta. Los ruiseñores dejaron de cantar y las palabras, mudas por instantes, sonaban entorpeciendo el silencio. El mar, sin sal, se colaba por las grietas del tejado de las sirenas. Los versos ya no pesaban y las líneas del pentagrama no soportaban las notas musicales. Todo era un caos sin sentido. Tus ojos enmudecieron para siempre y las musas empezaron a cobrarme.


20 de diciembre de 2016

Susurros del silencio (REC)

-Te quiere, mamá -dijo la pequeña susurrándole al oído mientras él se acercaba y arrodillaba tímidamente a su lado para ofrecerle un pañuelo y así secar sus lágrimas. El párroco rezó una última oración antes de cerrar el pequeño ataúd.

5 de noviembre de 2014

Cuando todo duerme.(REC 2/3)

El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Después el coche de bomberos silenció la sirena; el castillo de princesas subió el puente, cerró sus ventanas y apagó las luces; la bailarina paró de girar cuando se terminó la música. Entonces salí de la roída caja de cartón y, sigilosamente, empecé a tirar de la sábana. Y recé. Recé para ver si esa noche podía arrastrar hacia mi boca algo más que simples sueños.

19 de febrero de 2014

Miedo (REC)


Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. De vez en cuando abre un ojo, pestañea dos veces, clack clack, y nos observa minuciosamente. Comprueba que nada se ha movido, que todo sigue igual. Después pestañea otra vez, clack, y se queda dormido. Se cree superior a todo; el estar en lo más alto no le da ningún derecho. Hoy me he atrevido a volver a mirar de reojo a la bailarina. Creo que todavía le queda algo de cuerda, pero no se atreve a mirarme, tiene miedo, como todos.

20 de diciembre de 2012

Somos uno (REC)

No, claro que no queremos volver a hacerlo. Todo esto está mal, lo sabemos. No podemos evitarlo, también es cierto. El placer que sentimos cuando vemos como se apagan esas vidas entre nuestras manos, es infinito. Nuestro hijo debe de ser el siguiente, lo tenemos cerca, lo tenemos fácil. Esta vez no podemos hacerlo, le debemos mucho a su madre, la tendríamos que liberar a ella también del sufrimiento. Tenemos que hacer caso a la voz que escuchamos en nuestra cabeza, puede volver a castigarnos. La última vez que le negamos algo nos hirió este ojo. Salgamos del baño, en silencio, él ahora duerme.

12 de diciembre de 2011

El olor del silencio.

Nada más entrar en casa noté un cierto olor fuera de lo habitual. Cambié mis embarradas botas por las cómodas zapatillas; mi mojada chaqueta por el batín de seda.  Mientras me ceñía a la cintura el kimono, avancé por el largo pasillo de parquet, observando cada trocito de madera, su color, su espectacular brillo que siempre Sara había sabido sacar, su leve crepitar al pasar por algunos tramos...  Entré en el salón y otra vez percibí ese extraño olor. Todo estaba en silencio; un incomodo silencio que sólo rompió la bocina de un barco al zarpar. Miré mi reloj de bolsillo: las 17 horas y 11 minutos. El navío con destino a las Américas salía con varios minutos de retraso. Me senté en el sofá frente al ventanal. Agarré la pipa situada sobre la tabaquera de marfil; metí la mano en su interior, rozando mi abultado anillo de oro con la tapa, y saqué el saquito con el tabaco (mi mujer sólo permitía que fumase en pipa siempre y cuando la limpiara de cenizas en el balconcillo). Al encenderla, vino de nuevo ese olor, esta vez más intenso;  eché de menos a Sara trayéndome una taza de café y una copa de coñac. Resultaba extraño no haberla escuchado desde que había llegado a casa. Di dos largas caladas para avivar el tabaco y miré hacia la alacena de roble macizo. Todas las copas, tazas y demás enseres colocados en un riguroso orden, con una enfermiza separación, todas a la misma distancia; todo sin una mota de polvo, sin ninguna mancha, sin ninguna huella. Cogí los guantes blancos situados junto a la tabaquera y me los puse para abrir el mini bar que tenía forma de bola del mundo. Saqué la botella de coñac y serví una generosa copa. Cerré el mini bar. Otra vez el silencio. Caminé hacia el ventanal; desplacé las ostentosas cortinas con dos dedos. Volvía a llover. Distinguí en el horizonte gris la estala dejada por el gran barco de vapor… y otra vez el pitido… el silencio… el olor… el olor… ese olor tan extraño que estaba empezando a descifrar. Era el olor del hogar sin Sara. No había olor, sino la ausencia de él. Entonces me vino a la mente una huella que había visto sobre el globo terráqueo. Me acerqué con el corazón en un puño. Era una huella de ella, sin duda, pequeñita y bien definida sobre La Patagonia. Recordé que ella siempre decía que algún día lo dejaría todo por ir a Santiago de Chile. Esa era la condición con la que tendría que vivir si quería estar con ella; ese era su sueño y nadie se lo iba a arrebatar. Volví  al ventanal, alcé la copa, y brindé por ella: Allí donde quieras que vayas… siempre te querré.