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26 de marzo de 2012

24 de junio de 2011

Tulipanes blancos.





De regreso a casa tropecé con una piedra en el camino y estampé la bici contra un muro de piedras. Caí de bruces sobre unos tulipanes rojos. Intenté incorporarme, pero apenas pude sentarme; el golpe fue muy fuerte. Mientras esperaba que viniera alguien en mi ayuda, creí ver entre las flores un pequeño ratoncito. Me fijé un poco mejor, y aquel pequeño ratoncito resultó ser una chica diminuta. Me acerqué aún más y vi que estaba, sentada en una ramita seca, leyendo un libro. La joven sería de mi edad; le pregunté qué estaba leyendo. No me sonaba ni el título ni el autor, pero según contaba, parecía interesante. Ella preguntó si yo quería acompañarla a su casa, un viejo molino justo al cruzar el canal; tenía más libros que podía prestarme. No lo pensé mucho; acepté la invitación, y abandoné todas mis pertenencias, allí tiradas.

10 de junio de 2011

Llegas tarde.

    Iba por el bosque, zarandeando la cestita, cantando, entreteniéndose en tonterías. A lo lejos vio un lobo por el camino que tenía que coger. Se quedó quita y callada por unos instantes. Decidió entonces coger un atajo.
    Llegó a casa de su abuelita y llamó a la puerta.
    -¡Pasa! –gritó ella –está abierto; estoy arriba.
Mientras subía por las escaleras volvió a escuchar: -¿Qué has traído esta vez en la cesta?
    -Tomates fritos verdes.
    -Creo que me gustará; tráemelo a la habitación; ya sabes que me gusta devorar libros en la cama. Y deja la cesta colgada, junto a las otras, que luego tropiezo con ellas. Si has traído los periódicos, déjalos sobre la silla, ya los leeré luego.
    Cuando dejaba el libro sobre la cama, escuchó tras de sí a su abuela decir entre dientes: -¿Cerraste la puerta, nietecita?... hay un lobo merodeando por la casa…