Vuela, príncipe, vuela. Dijo la niña susurrando mientras lo dejaba caer por el hueco de las escaleras. Su cara era de asombro, no golpeó con ningún barrote y el príncipe cayó hasta desaparecer en un mundo mágico. Ella sorprendida e ilusionada, con una gran sonrisa, quiso seguirlo. Trepó por la barandilla y volvió a susurrar: vuela, princesa, vuela.
