Al no encontrar la salida del laberinto decidí volver hacia atrás sobre mis pasos. Salí por la entrada. Subí al coche y conduje marcha atrás hasta casa. Borré las palabras de despedida que había escrito. Abrí la habitación de mi hijo y le saqué la bala de la cabeza. Retrocedí por el pasillo y saqué también a mi mujer dos balas. Le quité mi mano de su cara una y otra vez hasta que la dejé marchar. No sabía donde parar y tomar otra dirección, por lo que me dejé ir atrás aún más allá. Llené cientos de botellas de alcohol. Volví a sacar todo mi dinero de los casinos. Quité el anillo de casado con un sí quiero. Volví a mi país de origen. Regresé al colegio. Me metieron en el vientre de mi madre. Y allí, tranquilo, tras varios meses meditando, decidí no nacer.
Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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16 de junio de 2014
10 de junio de 2013
108.4 (REC II)
Ordenaron colocarle una venda en los ojos para que no viera a su bebé muerto cuando diera a luz. Pero escuchó su llanto. Los médicos le explicaron que era normal; un acto reflejo de los bebés que nacían sin vida. Nunca le enseñaron el cuerpo, pero su voz se le quedó marcada para siempre. Todas las noches, a eso de las 2, sintoniza el dial en la radio y le parece escuchar su voz o, por lo menos, su lamento.
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