9 de septiembre de 2011

El hombre que olvidaba ser payaso.

La actuación de hoy había sido todo un éxito. No había dejado en ningún momento de pensar en ella. Cuando tuve que reír... pensé en su sonrisa; cuando tuve que llorar...pensé en los momentos sin ella; cuando tuve que hacer el patoso... pensé en cómo iba a entregarle hoy, hecho un manojo de nerviosos, mi carta de amor.
Entré en el camerino y cerré la puerta con llave; no quería que nadie me molestara. Cogí la cajita de música y la abrí dándole cuerda. Apareció sonriendo ella de su interior; toda vestida de blanco, con su tutú y sus zapatillas de ballet; la acompañaban dulces melodías que parecían canticos de sirenas. Le dije que había escrito una carta para ella, y que se la leería cuando me pusiera guapo. Me senté delante del espejo quitándome la peluca y la nariz roja; cogí unos algodones del interior de la caja de música y limpié despacio el maquillaje de mi cara. Los algodones olían a ella. Poco a poco fue apareciendo en el espejo un rostro nuevo.
Cuando terminé de mudarme de ropa fui hacia la puerta, pero estaba cerrada. Di media vuelta  y metí la mano en el gran bolsillo del pantalón del payaso. En el fondo encontré un sobre que tenía dentro una llave atada, con un lazo blanco, a una carta. Mientras la desataba, la caja de música cesó de sonar. Miré por encima la carta y la arrojé a la papelera, prendiéndole fuego.

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