10 de noviembre de 2011

El ferroviario.

Y nada más existió hasta el próximo tren. Me despertó la llamada telefónica de la estación anterior. Anoté en el libro de registro la hora de salida. Fui al andén. Esperé.  Me puse la gorra y alcé el banderín para indicar al maquinista que tenía vía libre. Pité. La locomotora respondió con un largo silbido. Viendo marchar al tren, vi saltar del último vagón a una dama con una enorme maleta. Entré en la oficina. Miré el reloj y apunté la hora de llegada. Telefoneé a la siguiente estación para comunicar que iba con doce minutos de retraso. Cerré el viejo apeadero.  Por fin la ansiada jubilación.

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