La última alma humana que disfrutó de mi cuerpo aún sigue ardiendo en el infierno; puedo olerla todavía –me susurró ella al oído mientras se mojaba los labios ruidosamente con su bífida lengua.
Se me pusieron los pelos como escarpias al escucharla, y a punto estuve de saltar de la cama y salir corriendo. Pero una mano en mi entrepierna… bastó para retenerme. Me di la vuelta y la miré a los ojos; los tenía negros, como el tizón. No supe que decir, y la besé en la boca. Sentí el intenso calor de sus labios, y supe entonces que ardería en el infierno.
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