Desde el otro lado del planeta no se
ven las estrellas ni las lunas, ni siquiera con los telescopios más
potentes. Cuenta una leyenda que desde lo alto del monte Saritnem uno
puede alzar las manos y tocar la nada. Mi jardín está justo en el
lado opuesto de ese monte. A veces, cuando me tumbo en el césped
para contemplar pasar las nubes, siento que unas manos invisibles
acarician mi espalda.
Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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17 de mayo de 2016
Rozando el final del mundo (REC)
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