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24 de marzo de 2026

Labios impregados de vacio

 



Algo semejante a un alegre parpadeo colectivo apareció entre las nubes. Bajaron como cascadas de zancos morbosos con olor a ginebra. Se posaron en los dedos de los árboles ajenos a su propósito. Aquello cayó entre las piernas de las vírgenes que pintaban el olor de la gasolina. La bruja del bosque de las hadas sacudió una cerilla de fresa y el olor prendió las cáscaras de nuez. Ojos en llamas lloraron zumo de limón. Y aquel coctel flameado entró por sus gruesos labios carmín. 
—¿Te pongo otro, guapa? —dijo el camarero escupiendo proyectiles de anís mientras miraba a la joven perdida de pestañas de miel eterna

6 de diciembre de 2016

Acuarelas del Edén (REC)

De un certero bocado, le arrebató el pincel que sujetaba con sus finos dedos. La “vaca comepinceles”, como a ella le gustaba llamar, se escondió tras unas rocas para rumiar en paz. Los pájaros, que se habían escapado del lienzo, posaban plácidamente sobre las manecillas del reloj de pared; miraban absortos a la pequeña que volvía a sacar otro pincel de detrás de su oreja. Pintó otra vez unas nubes azules y un sol dorado que las mariposas habían borrado antes. La serpiente, que estaba enroscada en la rama del árbol, le ofreció una manzana a la niña. Pero Evita ya tenía la lección bien aprendida.

17 de mayo de 2016

Rozando el final del mundo (REC)

Desde el otro lado del planeta no se ven las estrellas ni las lunas, ni siquiera con los telescopios más potentes. Cuenta una leyenda que desde lo alto del monte Saritnem uno puede alzar las manos y tocar la nada. Mi jardín está justo en el lado opuesto de ese monte. A veces, cuando me tumbo en el césped para contemplar pasar las nubes, siento que unas manos invisibles acarician mi espalda.