Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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2 de febrero de 2016
Castigo (REC)
Subir de nuevo a la habitación y hacer los deberes o salir fuera y tirar piedras al jardín del vecino o bajar al sótano y mutilar al canario o... Lo tengo claro. Dicen que soy una chica mala, y, sinceramente, me encanta serlo. El señor con capa y sombrero de copa con sonrisa eterna que aparece por las noches al pie de mi cama no deja de repetírmelo. Las rosas con espinas que me deja entre los muslos, son mi castigo.
4 de abril de 2014
Lágrimas en las ventanas (REC 2/2)
Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Después se durmió pensando que mamá ya no tendría que secar más los cristales de las ventanas. Por la mañana se lo contaría, que ya no había prisionero, que ya no serían necesarias más sesiones de quimio.
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2 de abril de 2014
La esfera negra (REC 1/2)
Luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero con sus propias manos. Tras el agotador esfuerzo vio que el cuerpo del prisionero se había transformado en una gran esfera negra. Esa esfera parecía estar leyendo su mente. Sabía que si la tocaba nada bueno ocurriría. Aún así metió sus manos dentro de ella. Entonces escuchó pasos que provenían del pasillo de arriba y el crujir de los escalones que bajaban al sótano. Alguien igual a él abrió la puerta, y todo empezó a tener sentido cuando puso sus manos sobre su cuello.
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9 de marzo de 2014
Disfrazados de María (ENTC)
Me encontré de repente con la casa llena de gente. No los oí llegar. La fiesta de disfraces que había organizado María pintaba bien. Yo no había preparado ningún disfraz; tan solo llevaba un triste antifaz. Mi ceguera me había convertido en una persona bastante huraña. La música sonaba demasiado alta para mi gusto. Quise buscar a María, pero todos llevaban su perfumen, su caro perfumen. ¿Acaso habían entrado al baño y se lo habían arrebatado? Percibí también el tintineo de sus ostentosas joyas. Era como si se las hubieran repartido entre todos. Seguro que la habían maniatado en el sótano y se las habían quitado también. Abrí la puerta que daba acceso a las escaleras del sótano y grité su nombre. Pero nada, María no estaba allí abajo, o por lo menos no estaba allí viva. Me pareció escuchar tras de mí el sonido de sus inconfundibles zapatos de tacón de metal. Pronto me percaté de que era un hombre. Cansado de todo me fui a la cama. Allí había alguien. Estaba inmóvil. ¿Sería María? Llevaba un camisón que no era suyo. ¿Estaría muerta? Por si acaso me di la vuelta e intenté dormir.
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