1 de julio de 2011

Anda de día que la noche es mía.

-Francisca, ¿por qué te ha dado por leer ahora por las noches? –dijo Brígida mientras contaba los puntos que daba con el ganchillo.
-Es lo único que me hace no escucharla cuando viene...
-¿A quién?
-¿Acaso no la oyes tú; acaso no la hueles?
-¡Oler a qué!
-A cera. No me distraigas, Brígida, o vendrán a por mí.
-Llaman a la puerta; voy a abrir.
-¡Shhh! Calla; apaga la luz; asómate por el ventanuco y dime que ves.
-Hay un hombre; porta un... una cruz, si, una cruz.
-¡Diantre! ¿Hay alguien más?
-¿Dónde vas?... ¡no salgas!
Tras unos minutos entró Brígida con un gran cirio encendido en la mano.
-¡Oh, pobre Brígida, venían a por ti!
-¿Quién?
-La Santa Compaña.
-La santa ¿qué?... Mira Francisca, hoy estas muy rara. Ese hombre me dio este cirio para ti. Me marcho para casa. Anda de día que la noche es mía... ¡Ja ja ja! –se despidió Brígida soltando una espeluznante carcajada.

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