19 de julio de 2011

La goma de borrar.

No me salían las cuentas y empecé a borrarlas compulsivamente. Borré tan rápido que sin querer me salí del papel y borré parte de la mesa. Me di cuenta entonces de que podía eliminar todo cuanto quería. Borré a mi jefe que casualmente pasaba por allí. Primero fue su rostro agriado y, como no fue suficiente, lo borré entero. Borré también a un compañero de trabajo que no paraba de tirarme los trastos, no es que tuviera nada en contra de él, pero ya dejé bien claro que lo mío son las mujeres, y si son rubias mejor. Cuando pensé en rubias, intenté borrar un poco de la inteligencia de una compañera. Tuve éxito y ese día por fin salimos de copas después de trabajar. Nos lo pasamos en grande borrando cosas juntos. Cuando la llevé a casa, ella jugando me borró el pene. Creo que le borré demasiada inteligencia. Al final tuve que deshacerme de ella. De la rabieta que pillé al verme en el espejo, borré mi reflejo, y ya que estaba, borré toda mi casa y un par de manzanas de mi barrio. En un intento por recuperar mi pene, también borré el tiempo; y todo parecía estar y no estar o las dos cosas a la vez. Aquello ya no tenía ningún sentido, por lo que borré todo, incluso a mí mismo. Ahora lo único que queda, pues se me olvidó borrar, es la nada, la goma y mis pensamientos.

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