Salgo del cajón del escritorio. No sé quien me coge, pues soy ciego. Me sacan del estuche. Noto unas manos húmedas y algo temblorosas. Poco a poco voy sintiendo el alma de mi actual poseedor.
Es el momento de la duda: -¿Qué harán esta vez conmigo? ¿Me usarán? ¿Se limitaran a observarme? ¿Me dejarán sobre una carta? ¿Me limpiarán? -No, creo que esta vez la cosa va en serio. Sea lo que sea, tendré que tener cuidado y hacerlo bien. No tengo que estallar el casquillo de la bala en la recamara, como el que me convirtió en un revolver ciego.
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