Después del rugido atronador del quemador que me impulsa hasta donde el aire me deja subir, apago todo y me quedo sentado en mi metro cuadrado más preciado que poseo, en donde el silencio me invita a leer. Me dejo llevar en la afonía del viento en donde solamente allí puedo escuchar los besos de Julia; las tenues pisadas del malhechor que la persigue; la balanza del tendero adulterando el peso de las naranjas; el tic-tac del reloj acoplándose con los latidos de su corazón a la espera de su amante... Solo el ruido de los pájaros terrenales o el claxon de los coches me devuelven a la razón para volver a impulsar mi globo hacia otro capítulo.
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