La abuela Ofelia o como todos vulgarmente la conocían, la abuela regadera, todas las tardes salía a regar las plantas de su patio de luces. Libro en mano, y, mientras leía historias a las flores, iba echándoles agua. Su voz cansada y ronca era motivo de risas y burlas de los chicos del tercero: “¡Abuela regadera, abuela regadera, que se te seca la enredadera!”. Los del cuarto y quinto abrían las ventanas para escucharla, sin más. La del primero, una enamorada empedernida, siempre se asomaba y la escuchaba, como si ella también fuera una flor: “Abuela Ofelia, bonita historia la de hoy”.
Pasado un tiempo ya no hubo más risas, ni ventanas abiertas. Allí estaba, tirada en el suelo, la vieja regadera de la abuela Ofelia, sin agua, sin historias... Pobre Ofelia, las flores se secaron, menos un geranio, alimentado por la nostalgia de una enamorada.
Animo Henry que lo estás haciendo muy microbien.
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