Aquella tarde, papá, regresó a la tumba entristecido; le escuché llorar.
Abrió la desengrasada puerta. Cambió, sin tener cuidado, sus botas por las cómodas zapatillas. Bajó lentamente por la vieja escalera de madera, sin evitar hacer crujir el quinto y noveno peldaño. Se dirigió hacia mí; el crepitar de la madera del suelo lo delató. Respiró profundamente a mi lado, y, no sé cómo, esta vez sentí también como besaba mi frente. Apagó entonces la luz de la mesilla, la cual siempre escuchaba a mamá encender.
Este relato expresa mucha tristeza Henry. Besos!
ResponderEliminarHay algo de esperanza... el niño, además de escuchar, ha podido sentir el beso de su padre, tal vez se recupere.
EliminarBesos
Henry qué sobrecogedro relato, pero qué tierno a la vez.
ResponderEliminarUn abrazo desde mi mar,
Vale Henry, quise decir sobrecogedor, seguro que lo entendiste, ais, cuando se me cruzan los dedos... Jaja, es que eso de bajar a la tumba... Me ha dejado con el corazoncito encojido al imaginar a unos padres que han perdido a su hijo pero que siguen ahí, recordándolo minuto a minuto y haciendo las mismas cosas que harían si estuviera en vida...
ResponderEliminarBesitos también para ti,
Tranquila, a todos se nos van los dedos al escirbir :D
EliminarEl relato tiene también otra interpretación, si cabe más terrorífica o angustiosa. Si cambias tumba por casa... y si cambias a niño muerto por niño enfermo que solo puede oír... bueno... ya me dirás.
Besos
¡No hubo suerte Henry!. Al menos debieran publicar la relación de títulos que quedaron en puertas. Estoy convencida de que tu puerta desvencijada, lo estaría.
ResponderEliminarUn beso
Nada, no hubo suerte... a ver con el mecánico si la hay...
Eliminar(...algún dia sonará el telefono un miercoles cualquiera y será publicidad :D....)
Besos