Van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado viento se los arrancará. Irán desnudas para que todos aparten su mirada de ellas y nadie les dirija la palabra. Volverán a ser impuras, y, de aquí, nuestra tierra, serán desterradas de por vida. Les lanzaremos piedras y, aunque su sangre infecte el suelo y no vuelva a brotar pasto en cien años, nos sentiremos orgullosos de haber cumplido con la ley de Dios. Solo espero que sople fuerte el frío viento, porque si no tendremos que desgarrar sus vestidos y si rozamos su piel envenenada sucumbiremos en el pecado de sus carnes y no habrá marcha atrás.
Garbancito es un ser pequeñito, el cual un día se escondió en una lechuga para poder así devorar, poco a poco por dentro, a la vaca que se lo tragara. En su última hazaña perdió su pequeña libreta. Por lo poco que he podido leer y entender, entre sus múltiples aficiones está la de escribir microrrelatos.
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15 de diciembre de 2015
19 de enero de 2015
Lapiceros de colores (REC)
-Usted es el primero que la abre. ¿Qué es lo que desea hacer?- dijo Pandora un poco preocupada.
-Aniquilar la humanidad –contestó Dios.
-Puedes coger lo que hay en mi interior y dáselo al Hombre.
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14 de mayo de 2014
Ciudadanos (REC)
La lluvia de fuego que lentamente devoraba la ciudad mermó las esperanzas e ilusiones que habían depositado en ella sus ciudadanos. Poco a poco fueron saliendo resignados de sus refugios y comprobaron que el fuego no destruía sus cuerpos. Se preguntaban entre ellos qué habían hecho mal… quién les estaba castigando. Miraron hacia el cielo y clamaron perdón a su dios por lo que hubieran podido hacer. Pero el niño que los observaba desde su tableta les mandó vientos huracanados cargados con rayos que borró cualquier rastro de civilización. Los ciudadanos de aquel mundo aniquilado empezaron a deambular cabizbajos por un vacío infinito.
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4 de diciembre de 2013
Gorriones pardos (REC I)
Se durmió soñando que él también podía volar, como su compañero de habitación que subió al cielo para abrazar a Dios y no le dejaron porque le ataron las manos a la espalda y lo encerraron en el cuarto luminoso. Él no quería volar al cielo para abrazar a Dios; tan solo quería preguntarle, de colega a colega, dónde estaban los cuchillos de hierro. Con los de goma no podía cosechar más almas. El trato era sencillo: almas por gorriones pardos.
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