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23 de octubre de 2014

Despertar en otra Navidad (REC 4/4)

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad en la que cuando despertó, el dinosaurio no estaba allí.

22 de octubre de 2014

En casa por Navidad (REC 3/4)

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad en la que el sabor del semen era a mazapán.

21 de octubre de 2014

Una Navidad con papá. REC (2/4)

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad en la que las bicicletas cabían en los calcetines y papá no tenía que salir a repartir los regalos a todos los niños por culpa de un Papá Noel borracho y tres Reyes Magos vagos.

Otra Navidad REC(1/4)


Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad en la que no tenía que tragarse los peces casposos de las copas con las que brindaban con los muertos y las margaritas las vendían ya deshojadas.

10 de enero de 2014

Gamberrada navideña. (ENTC)

Ilustración de Laura Garrido. (ver original)

Este vez fui directamente al cementerio a esperarle. No quería que este año volviera a aparecer por casa en Navidad. No podía permitir que mi tío se presentara a cenar, cada vez estaba más demacrado.
Me escondí detrás del ciprés que presidía su tumba. Esperé hasta que salió de su sepultura. El muy canalla abrió el ataúd del nicho que tenía debajo, aún sin lapidar, y se puso el traje que portaba su difunto. Sin dudarlo cogí un pedrusco y se lo arrojé a la cabeza. Su mandíbula se le desprendió de la cabeza. Cuando fue a recogerla me abalancé sobre él. Pero mi tío tenía una fuerza sobrehumana y siguió arrastrándose para recuperarla. Yo me aferré a sus pies con todas mis fuerzas. Solo conseguí arrancárselos junto a sus zapatos recién estrenados. Salí corriendo con ellos.
Llegué a casa sudando como un pollo, justo para sentarme a cenar. Mi madre me sirvió un plato de sopa. Cuando todos estábamos servidos, y al cerrar los ojos para bendecir la mesa, apareció mi tío dándome un pescozón y un tirón de orejas, de los de órdago. No me soltó hasta que le devolví los zapatos junto con sus pies huesudos.

14 de enero de 2013

Aquella Navidad



Mamá olía a turrón y, cuando nos sentábamos a cenar en la mesa del comedor la Nochebuena, yo le escarbaba el bolsillo en busca de algún trocito de mazapán que traía de la fábrica. El abuelo afinaba la botella de anís a cada trago que le daba mientras mamá servía el pollo. A mi hermana le daba pataditas bajo la mesa para chincharla. Son algunos recuerdos que me marcaron aquella Navidad. Ver a mi padre borracho intentando trepar por el árbol de Navidad para levantarse y posteriormente sentarse en la mesa insultándonos y pegando a mi madre y a mi hermana...
Siempre he querido inmortalizar aquella escena, aquella última Navidad que pasé con mi padre. Pero ya no es lo mismo. El abuelo, sus cenizas las tengo metidas en la botella de anís que nunca llegó a afinar. Mi hermana sigue pateando, amordazada, queriendo gritar, intentando decir que estoy loco, pero no lo estoy, con los ojos rojos como cuando lloraba al darle un puntapié fuerte bajo la mesa. Y mamá ya no tiene turrón en su mandil, ya no huele a yema tostada ni a mazapán. Es difícil ponerla erguida en la silla, tal vez hubiera sido mejor incinerarla a su muerte como al abuelo. Entonces, cuando todos callan, junto las manos y rezo para bendecir la mesa; y grito, como cuando era pequeño, que las Navidades sin papá, si son posibles.