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16 de abril de 2024

Malas compañías (REC)

 

Me preguntaba en qué momento se había complicado tanto ser poeta. Los ruiseñores dejaron de cantar y las palabras, mudas por instantes, sonaban entorpeciendo el silencio. El mar, sin sal, se colaba por las grietas del tejado de las sirenas. Los versos ya no pesaban y las líneas del pentagrama no soportaban las notas musicales. Todo era un caos sin sentido. Tus ojos enmudecieron para siempre y las musas empezaron a cobrarme.


3 de mayo de 2016

Trocitos de amor (REC)

Es como sale mejor, tamizando primero la harina sobre las claras montadas a temperatura ambiente. Así lo hacía la abuela y así lo haremos nosotras. También hay que poner ralladura de un limón del limonero donde está enterrado el abuelo. Y, como no, una pizca de amor. Lástima que de eso ya no nos quede tanto. Mira a la abuela, sin dientes, sin pelo, con la mirada de su único ojo perdida en el horizonte. Quizás podríamos empezar con sus dedos, el índice de la mano derecha, así dejará de hurgarse tanto la nariz.

24 de mayo de 2013

Tribunal de injusticia. (REC)


El Tribunal apreció cierta rigidez en su mirada cuando la supuesta víctima se materializó en medio del estrado. El juez la llamó a declarar. El abogado defensor protestó. “¿Cómo podía presentarse así, sin más, ante el Tribunal? ¡Tan solo llevaba dos días fallecida!” Pero el juez le denegó la venia. El acusado palideció. Estaba perdido. Sabía que la venta de aquella alma no había sido ejecutada con el procedimiento estándar; incluso había falsificado la firma del mismísimo Satanás. Se le vino el cielo encima. Fue entonces cuando el juez le guiñó un ojo, el izquierdo, el de siempre.

4 de junio de 2012

Hambruna universal

No trabajó ni la mitad que la noche anterior y llegó a casa derrotado, como últimamente, sin nada que traer para comer. Le esperaban en la mesa de la cocina para desayunar juntos, pero era fin de mes y no había nada que llevarse a la boca. Abrió la alforja y vació “la nada” que llevaba dentro. Pensó, mientras miraba a su pequeño, cómo explicarle que ni hoy, y, quizás mañana, tampoco comerían; cómo explicarle lo dura que podía llegar a ser la vida. Empezó el bebé a llorar desesperado, angustiado, hambriento... La madre le susurró una nana a la oreja para que no llorase; que pronto pasaría el hambre. El hermano mayor, nervioso, como si estuviera arrepentido de algo, sacó del bolsillo un mendrugo de pan duro y se lo dio a su hermanito diciéndole que la vida era muy dura, como el trozo de pan que le había dado; que tenía que acostumbrarse. Éste empezó a chuparlo y chuparlo; y, con su diente, su único diente, a roerlo y roerlo. Entonces sonrió y parpadeó dos veces con su ojo, su único gran ojo. La familia sonrió al verlo tan feliz, y no dudaron en reír abiertamente, enseñando todos su diente, su único y afilado gran diente.