Vivíamos yo en el segundo piso y tú en el primero. A los dos nos gustaba leer por las tardes en la escalera. Yo me sentaba en el último escalón, y tú en el primero; veinte eran los que nos separaban.
Un día, sin saber por qué, me senté a leer en el penúltimo escalón; tú, como siempre, continuaste en el primero. Al día siguiente estabas sentada en el segundo peldaño, sonriéndome; ya solo nos separaban dieciocho. Seguimos con el juego del escalón, un día uno bajaba, otro día el otro subía. Por fin llegó el día que me tocaba sentárteme a tu lado. Bajaba despacio, preguntándome qué pasaría. ¿Hablaríamos?, ¿nos besaríamos?... ¿o simplemente leeríamos juntos? Pero cuando me iba a sentar, tu abuelo gritó desde abajo que fueses a casa inmediatamente. Y, antes de cerrar la puerta, escuché salir de su boca: -¡Rojo de mierda!
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