Fui a la papelería a comprar una moleskine. De entre varias, elegí una más bien finita. Quité el envoltorio de celofán que la recubría y la abrí para ver cómo era por dentro, para ver con qué margen disponía para hacer mis pequeñas anotaciones. Cuál fue mi sorpresa al ver que la moleskine estaba llena de apuntes, de ideas, de buenas ideas, incluso para sacar novelas de ellas. Llegué a casa en tren y me dispuse a desarrollar un cuento a partir de una anotación que había en la libreta, la primera, para ser más exacto. Al sentarme en el escritorio, vi un manuscrito, mecanografiado a doble espacio. Lo ojeé un poco, y, sorprendido, vi que se trataba de una novela basada en aquella primera anotación de la moleskine. Tardé en leérmelo unas cinco horas. Estaba escrito a mi estilo, con pocos personajes y con mucha acción. Parecía bueno, muy bueno.
A la mañana siguiente decidí llevarlo a una editorial; aquello tenía madera de “best-seller”. A medio camino vi en el escaparate de una librería, decenas de ejemplares de un libro con el mismo título que el manuscrito. Entré a curiosear, y cuál fue mi sorpresa de que me estaban esperando para una firma del libro. Tras firmar más de 150 ejemplares, regresé a casa un poco desconcertado por todo aquello.
Cuando abrí la puerta de casa encontré a mi mujer llorando, llorando de alegría; me habían concedido el premio Planeta, y no por la obra que había estado firmando todo el día, sino por otro libro, y, curiosamente, también había salido de aquella misteriosa moleskine.
Al ir a recoger el premio Planeta, me encontré recibiendo el premio Cervantes, me lo habían concedido por mi larga y buena trayectoria.
Todo aquello me desbordó y asustado volví a abrir la terrorífica moleskine, pero estaba vacía, sin ninguna anotación, sin ideas para poder escribir libros, ni para nada, como si la acabara de comprar…
-No sé, pero estas sensaciones de deja vi que últimamente tengo me están volviendo loco. ¿Qué hubiera pasado si hubiera comprado la mas gordita?...
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