Iba por el bosque, zarandeando la cestita, cantando, entreteniéndose en tonterías. A lo lejos vio un lobo por el camino que tenía que coger. Se quedó quita y callada por unos instantes. Decidió entonces coger un atajo.
Llegó a casa de su abuelita y llamó a la puerta.
-¡Pasa! –gritó ella –está abierto; estoy arriba.
Mientras subía por las escaleras volvió a escuchar: -¿Qué has traído esta vez en la cesta?
-Tomates fritos verdes.
-Creo que me gustará; tráemelo a la habitación; ya sabes que me gusta devorar libros en la cama. Y deja la cesta colgada, junto a las otras, que luego tropiezo con ellas. Si has traído los periódicos, déjalos sobre la silla, ya los leeré luego.
Cuando dejaba el libro sobre la cama, escuchó tras de sí a su abuela decir entre dientes: -¿Cerraste la puerta, nietecita?... hay un lobo merodeando por la casa…
Llegó a casa de su abuelita y llamó a la puerta.
-¡Pasa! –gritó ella –está abierto; estoy arriba.
Mientras subía por las escaleras volvió a escuchar: -¿Qué has traído esta vez en la cesta?
-Tomates fritos verdes.
-Creo que me gustará; tráemelo a la habitación; ya sabes que me gusta devorar libros en la cama. Y deja la cesta colgada, junto a las otras, que luego tropiezo con ellas. Si has traído los periódicos, déjalos sobre la silla, ya los leeré luego.
Cuando dejaba el libro sobre la cama, escuchó tras de sí a su abuela decir entre dientes: -¿Cerraste la puerta, nietecita?... hay un lobo merodeando por la casa…
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