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20 de julio de 2026

La siega del deseo.







Estás en casa de la bruja de la colina. Hechizado, miras sus ojos tras una verruga.
—Dos pelos.
—Toma.
—Tu oreja.
La cortas con su daga como si fuera mantequilla.
—Un ojo, dos dedos, un pie y algo más.
Le das todo y once o doce dientes.
Lo ves mezclarse con el éter.
—El caldero sabe. Toma un trago. Di tu deseo y se cumplirá.
No puedes hablar, le has dado también tu lengua y parte del cerebro. Bebes. Te conviertes en nada. Una nada que recuerda cuando mataste a tu hermana pequeña. Tu deseo.

24 de marzo de 2026

Labios impregados de vacio

 



Algo semejante a un alegre parpadeo colectivo apareció entre las nubes. Bajaron como cascadas de zancos morbosos con olor a ginebra. Se posaron en los dedos de los árboles ajenos a su propósito. Aquello cayó entre las piernas de las vírgenes que pintaban el olor de la gasolina. La bruja del bosque de las hadas sacudió una cerilla de fresa y el olor prendió las cáscaras de nuez. Ojos en llamas lloraron zumo de limón. Y aquel coctel flameado entró por sus gruesos labios carmín. 
—¿Te pongo otro, guapa? —dijo el camarero escupiendo proyectiles de anís mientras miraba a la joven perdida de pestañas de miel eterna

16 de marzo de 2026

Nombres, viajes y mucho más. (REC)

 



Con sus flamantes nombres en latín, que había recopilado durante el día en un pequeño trozo de papel, se fue a la cama. Apretó con fuerza la nota; el papel crujió entre sus dedos y, conforme los leía en su mente, empezó a soñar. Aurelius, el invencible; Lucius el rayo; Tiberius el colosal; Maximus, el imparable… «Con la espada desenvainada entro en la arena y me dirijo al “centrum”. Todo el Coliseo clama mi nombre: ¡Aurelius! ¡Aurelius! ¡Aurelius!»

Al día siguiente, al despertar, arrancó otro trocito de hoja cuadriculada. Theodoros. Anotó con alegría el primer nombre griego. Mañana, quizás, Mesopotamia.


6 de diciembre de 2016

Acuarelas del Edén (REC)

De un certero bocado, le arrebató el pincel que sujetaba con sus finos dedos. La “vaca comepinceles”, como a ella le gustaba llamar, se escondió tras unas rocas para rumiar en paz. Los pájaros, que se habían escapado del lienzo, posaban plácidamente sobre las manecillas del reloj de pared; miraban absortos a la pequeña que volvía a sacar otro pincel de detrás de su oreja. Pintó otra vez unas nubes azules y un sol dorado que las mariposas habían borrado antes. La serpiente, que estaba enroscada en la rama del árbol, le ofreció una manzana a la niña. Pero Evita ya tenía la lección bien aprendida.

3 de mayo de 2016

Trocitos de amor (REC)

Es como sale mejor, tamizando primero la harina sobre las claras montadas a temperatura ambiente. Así lo hacía la abuela y así lo haremos nosotras. También hay que poner ralladura de un limón del limonero donde está enterrado el abuelo. Y, como no, una pizca de amor. Lástima que de eso ya no nos quede tanto. Mira a la abuela, sin dientes, sin pelo, con la mirada de su único ojo perdida en el horizonte. Quizás podríamos empezar con sus dedos, el índice de la mano derecha, así dejará de hurgarse tanto la nariz.

10 de septiembre de 2014

Tortilla de patatas con cebolla (REC 2/2)


Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo lleno de sangre y lo va a poner todo perdido. Como siga con ese pulso cortando las cebollas con el cuchillo que me rebanó dos dedos, seremos dos a los que nos falte alguna falange. Carlos nos mira sonriendo, con su orificio de bala en la frente, ajeno a todo. Yo pregunto impaciente que para cuando va a estar lista la tortilla. A ella se le escapa una lágrima que pronto se diluye con la sangre que le baja por su pecho desnudo.