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5 de mayo de 2026

El viaje de la barca hacia la Torre de Marfíl.


Las olas apenas los balancean. El volcán está apagado. Las cascadas solo forman unas finas gotas de agua. Dragones, tiburones y bestias antiguas permanecen inmóviles. Al final del recorrido de la atracción bajan y sus caras lo dicen todo. Mucha gente abandona la cola y la barca ya no deja subir a nadie. Pero una niña inquieta ve su nombre escrito en ella. Sin pensarlo dos veces, con mucho valor y coraje, se monta corriendo. Cierra los ojos, y con la barca, y su imaginación, va directa al mundo de Fantasía.

15 de abril de 2025

Francotirador (REC)

 


No sabe si será capaz de matarla, es muy joven. La nota que pasaron era muy clara. El objetivo es muy fácil. Todas las tardes va a jugar al parque y desde la fábrica abandonada hay buen ángulo para un disparo certero. Pero esta vez había algo que no cuadraba. La IA no especificó el motivo. Parece que algún humano modificó el encargo. ¿Quién pudiera ser? ¿Por qué una niña? ¿Haría algo en el futuro? Muchas dudas para un trabajo sencillo. Seguramente la dejará vivir, aunque vaya en contra de su programación.

12 de junio de 2014

¿Cuánto cuesta una manzana? (REC 1/2)

Se ovilla sobre las baldosas frías y comienza a temblar. Tardo en reaccionar. Bajo del coche asustado. Está viva. No tiene heridas graves. Parece una peonza inquieta. La cojo entre mis dedos y la meto dentro del yoyó. Lo hago subir y bajar. Una anciana se acerca y me pregunta por lo que vendo. Miro mi mano. Le digo que manzanas. Ella pregunta cuánto cuestan. Son caras, le respondo. Pero doy un precio. Ella acepta. Vuelvo a ver a la niña sobre las baldosas. Ya no tiembla. No se mueve. Está muerta. Levanto la mirada y veo a lo lejos a la anciana. Sonriendo. Saboreando la preciada manzana.

8 de octubre de 2012

Ruiseñores mudos




     Salieron del refugio cuando se les acabó la comida y el agua. Lo primero que hicieron fue buscar a Roko. Pero no acudió a sus llamadas, seguramente estaría escarbando en las petunias del vecino. El sol brillaba como nunca; hacía calor. Ella dijo que no se escuchaban los pájaros cantar. Él comentó que estarían en el carrizal, comiendo trigo. 
     Cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la luz, ella se fijó en él y se rió de su rostro.
       -¡Tu cara es como un higo maduro, está arrugada y fofa!
       -Pues la tuya parece un melocotón sonrosado –contestó el niño también riendo.
     Ella gritó mientras se ponía las manos en la cara. Lloriqueó al comprobar que le ardía mucho, y que estaría muy fea. 
       -Pareces un melocotón maduro –continuó riéndose el chico- como los que le dábamos al abuelo que se quedó sin dientes por comer tantos. 
     Ella se metió la mano en la boca para comprobar que todavía tenía dientes, y vio estupefacta como dos se caían al suelo envueltos en sangre. Lloró. Él la consoló. Fueron al columpio en donde antes el roble daba sombra, cogidos de la mano.
       -No se escuchan los pájaros cantar...

2 de junio de 2012

Espejismo.


Aquella mañana, encontré a la muerte en la carretera. Estaba sola, haciendo autostop. Paré. Sin mediar palabra subió al coche, al asiento trasero. Moví el espejo retrovisor, la miré a los ojos. Reanudé la marcha. A los pocos metros vi un coche en la cuneta, humeante. Un brazo sanguinolento salía por la luna trasera. Pensaba parar, pero la muerte agarró mi hombro, ya estaba todo hecho. Tuve envidia del cuerpo sin vida que dejábamos tirado; el propósito de mi viaje era encontrar la muerte en aquella carretera; abandonar mi coche, mi vida... en el desierto. Paramos en una vieja gasolinera. Ella bajó a por unas botellas de whisky. Conocía mis gustos, me conocía bien. Cuando pasamos por una zona de curvas, entre risas, le pregunté por la niña de la curva: ¿Quién era? ¿Cómo fue creada?...  Al mirar por el espejo retrovisor... lo comprendí todo. Por eso cuando vuelvas a mirar, ¡tú!, por el espejo, también lo comprenderás.

26 de marzo de 2012

Telaraña de esperanza

El final de cualquier anochecer la sorprenderá tejiendo sueños frente a la luna. Con sus ganchillos desgastados por el tiempo, cuenta en susurros las cruces que va dando con la lana de las ovejas que Anita cuenta para dormir. No hay descanso para la tejedora, que plasma en una infinita telaraña todo lo que Anita sueña. “Uno, dos y tres vueltas de azules amapolas. Cuatro, cinco y seis saltos a la comba que llega al cielo. Siete, ocho y nueve castillos encantados.” Le parece mágico que todavía existiesen sueños tan puros en aquella niña que tanto veía sufrir. Noche tras noche teje más y más sueños para intentar que no salgan de ella. Cada noche le cuesta más. Sabe que al final la descubrirán, y todo intento por evitar que los sueños salgan de Anita será en vano. Pero seguirá en su empeño de proteger, con la telaraña, a la humanidad del contagio de sus sueños. Si se escapara tan solo uno... llenaría el mundo de esperanza.

15 de marzo de 2012

Cuando la imaginación supera a la ficción.

    -Y además nos hace daño con sus enormes garras cuando nos agarra para mordernos con sus afilados colmillos. Y...
    -¡Basta! –grita el padre mientras cierra el libro que estaba leyendo-. Puedo creer que os asuste, os saque burla, insulte... pero no consiento que mintáis sobre que os hace daño.
    La madre, impasible, insta a su querido esposo con sutiles codazos bajo las sábanas para que se levante y las convenza de que el coco no existe; así la dejarán descansar.
    Harto de sollozos y golpazos, se levanta hacia la habitación de las niñas. Una vez allí dentro, el coco no tiene más remedio que zampárselo.

13 de febrero de 2012

Premonición

Una lágrima que recorre el fino rostro de porcelana titila en la mejilla de la niña. Cristina, su madre, sentada frente a ella, a la luz de una vela, termina de pintarse las uñas de los pies puestos sobre la mesa. El padre, tras fumar un cigarro, vuelve a entrar en la caravana, y, sin mediar palabra, mientras se aprieta el vendaje de sus manos, hace levantar a Cristina, aún con los algodones entre los dedos de los pies. Al salir, él cubre con una manta el cuerpo casi desnudo de ella. Tras avanzar unos metros por la arena, y, antes de entrar en la carpa, Cristina se gira para mirar la débil silueta de su hija tras la ventana de la caravana. La niña, con la frente apoyada en el frío cristal, se quita la mascarilla con la mano escayolada, para intentar trasmitir a su madre sus mejores deseos, como cada noche antes de la función. Pero el último parpadeo de la vela apaga cualquier intento de evitar el contagio de su premonición.